El «bueno» de Manolo Autor: Francisco Rosell BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA DE MANUEL CHAVES, el último superviviente del "clan del la tortilla"
EL «BUENO» DE MANOLO
Francisco Rosell
Precio: 26,00 €
Páginas: 488
ISBN: 9788497348966
EAN: 9788497348966
Código interno:50048
Fecha: 17/11/2009
Colección: Biografías y Memorias
Formato: 16x24 Rústica
·Subtítulo: Biografía no autorizada de Manuel Chaves, el último superviviente del «clan de la tortilla»
·Francisco Rosell da la vuelta a Manuel Chaves / EL MUNDO
SINOPSIS:
Cuando en 1972, en los pinares de Puebla del Río, se tomó la foto del llamado «clan de la tortilla», ninguno de los presentes pensó jamás que Manuel Chaves estuviera llamado a grandes empresas, como tampoco lo imaginaron ni sus compañeros de facultad, ni los del bufete, ni los de UGT, ni los de la Ejecutiva Federal del PSOE, ni los del Gobierno... Pero lo cierto es que después de ser ministro de Trabajo, Manuel Chaves ostentó la Presidencia de la Junta de Andalucía durante casi veinte años y, actualmente, es vicepresidente tercero del Gobierno desde abril de 2009.
Pero ¿quién es realmente Manuel Chaves?
• ¿Un político gris que vivió a la sombra de Felipe González y que ha aprovechado los inesperados golpes de fortuna que le ha deparado la vida?
• ¿El hombre aparentemente indeciso que ha gobernado Andalucía como un cortijo?
• ¿Una personalidad contradictoria con dos caras tan distintas que cuesta reconocer cuál es la verdadera?
• ¿Un dirigente devorado por las máscaras con las que se cubre el rostro?
• ¿El responsable político que permitió que Andalucía se convirtiera en un régimen de corrupción sostenida y de claro nepotismo clientelar?
Con la minuciosidad del investigador y apoyándose en numerosas fuentes documentales, Francisco Rosell nos presenta esta valiente biografía del líder andaluz y, con ella, la de toda una generación de políticos socialistas. El resultado es una profunda radiografía de los entresijos de los gobiernos central y autonómico.
Capítulo I
ORTO Y OCASO DEL ÚLTIMO MOHICANO FELIPISTA
Domingo de Ramos que no de Gloria
Pasados veinte años desde la inesperada caída del Muro de la Vergüenza,
que tuvo partida durante veintiocho años la capital alemana
y fue representación pétrea de la guerra fría, el ex comisario de la Expo
92 de Sevilla y catedrático emérito de la Universidad de Sevilla, Manuel
Olivencia, aún no había tenido ocasión de visitar la monumentalmente
reconstruida ciudad de Berlín y contemplar la transformación de la
capital alemana, rehecha sobre los escombros de la desolación. Sobreponiéndose
a la fatalidad marcada por sendas mentes criminales —una
desatando la II Guerra Mundial y sembrando la destrucción (Hitler)
y otra, la del falso liberador (Stalin), tabicando a sus habitantes—, Berlín
emergía con el siglo XXI como el ave fénix y culminaba resplandeciente
la reedificación de la Alemania reunificada.
En el caso de este ochentón profesor que sigue ejerciendo la abogacía,
a caballo entre Sevilla y Madrid, llamaba la atención la demora
de esa cita como alemán consorte y asiduo visitante de un país que
ha hecho suyo. Sus amigos bromean diciéndole que, en su casa, quien
realmente es alemán es él, y no su mujer, pese al Brugger que la
apellida, hija de un farmacéutico de Múnich que vino a conocer
España y conoció a su marido cuando éste tenía encomendada la
rectoría del colegio mayor César Carlos de Madrid, de cuya universidad
fue profesor. Así había sido hasta que Manuel Olivencia decidió
que la Semana Santa de 2009 —como celebración de su ochenta cumpleaños—
acudiría a darle ese abrazo largamente demorado al nuevo
Berlín, invitando a hijos y consortes. Entre ellos, el ex vicepresidente
del Gobierno con Aznar y presidente del PP andaluz, Javier Arenas, del
que es suegro, pero no padre político, como gusta decir quien tuvo a
su paisano ceutí Manuel Chaves, ex presidente de la Junta de Andalucía
y vicepresidente tercero con Zapatero, de alumno. Pero sin currículo
suficiente como para darle luego cobijo como profesor ayudante
en su departamento de Derecho Mercantil de la universidad hispalense,
donde fue catedrático desde 1960 hasta su jubilación en 1999.
En noviembre de 1967, se había constituido en la Universidad de
Sevilla el departamento de Derecho Mercantil y Derecho del Trabajo,
integrado por dos catedráticos —Manuel Olivencia Ruiz, como director,
y Miguel Rodríguez-Piñero— y tres profesores adjuntos: Guillermo
Jiménez Sánchez, actual vicepresidente del Tribunal Constitucional;
José Luis Ballester Aldama, luego secretario general de la Expo 92 (con
Olivencia como comisario general de la muestra), y José Cabrera Bazán,
fallecido en la primavera de 2007, que había sido senador, además de
fundar el primer sindicato de futbolistas, la AFE,después de haber sido
jugador del Real Betis, al que malogró para el balompié una lesión.
Bastante contrariado, Chaves, actualmente profesor excedente de
la Universidad de Córdoba (aunque nunca ha pisado estas aulas),hubo
de tomar los derroteros del menos prestigiado entonces Derecho del
Trabajo, situándose a la sombra de Miguel Rodríguez-Piñero, presidente
del Alto Tribunal bajo el patronazgo de Felipe González. Víctor
Márquez Reviriego, primer biógrafo de González, llegaría a calificar de
«casi ginecológico» el papel jugado por Rodríguez-Piñero, al que sus
alumnos satirizaban llamándolo «El Carioco» en el socialismo sevillano.
Anomalía hecha tradición
En un Berlín que aún conserva en pie como testimonio un kilómetro
de los 155 que formaban el oprobioso muro, Arenas conoció
aquel Domingo de Ramos —cuando el paso de la hermandad sevillana
de la Borriquita ya había descendido por la rampa de la iglesia
de El Salvador— el desenlace del pulso soterrado que sostenían desde
hacía tiempo el presidente del Gobierno y secretario general del
PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, y el presidente del partido y de
la Junta de Andalucía, Manuel Chaves. A resultas del cual se produciría
la dimisión forzada de este último al frente del Ejecutivo andaluz,
tras diecinueve años ocupando el puesto. Como aquel vulgar y
anodino narrador soviético que retrata el escritor chileno Roberto
Bolaño en su póstuma y torrencial novela río 2666, puso fin a un periplo
más bien mediocre que había resuelto con brillantez pues no se
le había pedido más que fuera mediocre.
De esta manera, se reanudaba una anomalía hecha tradición en
Andalucía —casi una seña de identidad de su autonomía— por la que
el relevo de sus presidentes es asunto de la incumbencia exclusiva
del PSOE y consecuencia de los periódicos ajustes de cuentas dentro
de un partido-régimen que la gobierna desde hace Treinta años
de nada. Así acaeció con Plácido Fernández Viagas en la preautonomía,
y luego con Rafael Escuredo (1982-1984), José Rodríguez de
la Borbolla (1984-1990) y Manuel Chaves (1990-2009) ya con la autonomía,
aunque nunca había sucedido tan sólo un año después de la
celebración de unas elecciones, como las que le acababan de reelegir
por sexta vez en 2008.
Así como el desplome del histórico paredón berlinés sucedió de
manera imprevista, de la noche a la mañana, la defenestración de Chaves
pilló por sorpresa a prácticamente todo el mundo, empezando por
el propio interesado, pese a que cada día chillara en más oídos esa posibilidad.
Por supuesto, también le había llegado a su rival Arenas. De
hecho, en vísperas del desenlace, el jueves 26 de marzo, el líder de la
oposición había intentado sacarle de sus casillas espetándole que su
partido ya le daba por amortizado —«Zapatero ha pasado página sobre
usted», fue su aseveración— en una gresca parlamentaria en la que un
presidente ya de salida entró torpemente al trapo negándolo compulsivamente,
lo que avivó aún más si cabe las sospechas sobre su inminente despedida. «Dice usted que Zapatero me ha amortizado como
gobernante. No lo sé, creo que no [...]. No abunde en ese tema», fue
su airada respuesta, a lo que posteriormente añadiría que, en relación
a su candidatura en las elecciones de 2012: «Mi contestación ya
saben cuál es: si mi partido quiere, yo quiero». En esos momentos,
aunque aún no había trascendido nada al respecto, ya habían transcurrido
quince días desde la entrevista secreta que había mantenido
en el palacio de la Moncloa en la que Zapatero, para su sorpresa, le
había puesto puente de plata para dejar la Presidencia de la Junta, después
de que las encuestas dieran signos alarmantes de deterioro en
el aprecio público y en la valoración de su gestión.
Marcha verde a Madrid
A principios de abril de 2009, sin que la celebración de la entrevista
del 11 de marzo con Zapatero hiciera reconsiderar los planes
para evitar que se dispararan las sospechas, pero fundamentalmente
para sostener una posición de fuerza que le garantizara una salida digna,
así como disponer personalmente quién habría de sucederle en la Presidencia
de la Junta, Chaves había ordenado el movimiento de tropas
sudistas con el fin de organizar su defensa numantina. La coartada
fue la negociación de la financiación autonómica y contrarrestar así
a los socialistas catalanes, que iban de ultimátum en ultimátum.
Con esa coartada, el generalato de Chaves preparó a toque de
rebato una masiva caravana verde a Madrid de altos dirigentes y parlamentarios
con el fin de montar un acto plebiscitario que sirviera
para enseñarle las uñas a Zapatero. A esa reunión de la interparlamentaria
andaluza del lunes 30 de marzo, a las cinco de la tarde, asistiría
en primera fila el entonces vicepresidente segundo del Gobierno
andaluz, José Antonio Griñán. A esa hora tan taurina, éste desconocía
su nuevo destino, pese a compartir fines de semanas juntos en
familia y participar de similares aficiones, principalmente la cinematográfica.
En su santa ignorancia, el dos veces ministro con González escuchó
cómo Chaves reclamaba a los suyos que se pusieran «en posición
de combate…», pero haciendo un requiebro final y añadiendo
que «para apoyar a Zapatero». Esa larga cambiada confundió a los conjurados,
que comenzaron a preguntarse qué sentido tenía organizar
esa marcha verde que, finalmente, acababa de convertirse en un inopinado
acto de afirmación a favor de Zapatero, y no de un Chaves
que ya debía de tener digerida a medias su derrota. A la conclusión
del cónclave, a última hora de la tarde, Griñán conocería la buena
nueva por boca de Chaves, en presencia del secretario de organización,
Luis Pizarro. «¡Ni muerto!», había llegado a exclamar cuando
alguna vez se le había planteado esa hipótesis que rápidamente tomó
cuerpo.
En ese momento, el dirigente máximo del PSOE y presidente del
Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se encontraba depresivamente
bajo. No era para menos. Pese a involucrarse personalmente en la campaña,
los socialistas acababan de perder la Presidencia de la Xunta de
Galicia. Como postre, el envenenado resultado que, en paralelo, se había
registrado ese primer domingo de marzo en el País Vasco y que le cogía
a contrapié. Hubiera preferido un pacto de gobierno PNV-PSOE que
moderara a los nacionalistas sin sacarlos del palacio vitoriano de Ajuria
Enea. Sin embargo, el candidato socialista Patxi López, como
segundo más votado, podría gobernar en sustitución del nacionalista
Ibarretxe con el sostén del PP, lo que le hacía un descosido del diez a
Zapatero. En el cambio, se quedaba sin un aliado capital en el Congreso
de los Diputados, agravando su precariedad parlamentaria, después
de haber hecho del aislamiento del PP el eje que hacía rodar su
política desde su imprevista victoria de marzo de 2000.
El albur había querido que dos días antes, el Viernes de Dolores
—antes de embarcarse en el viaje familiar a Berlín y de que estallara
la crisis de Gobierno que arrastraría a Chaves a Madrid—,Arenas
coincidiera imprevistamente con el presidente de la Junta y su mujer,
Antonia Iborra Rubio, en un establecimiento hostelero sevillano.
Mientras en un salón aledaño un grupo de chavales daba buena cuenta
de una chocolatada de celebración de cumpleaños del pequeño Carlos
Arenas, el matrimonio Chaves se citaba en este local del parque de
María Luisa. En concreto en el restaurante La Raza, cuyos dueños al
poco denunciarían judicialmente el cobro de comisiones por parte
del gerente de Mercasevilla, dependiente del ayuntamiento hispalense
gobernado por el bipartito PSOE-IU. El entonces presidente andaluz
mantenía un encuentro informal y distendido con los estrechos
colaboradores que estaban llamados a acompañarle en su retorno a
la capital del Reino, de donde llegó a Andalucía como «candidato
a palos» en 1990, cuando era ministro de Trabajo, y adonde ahora
regresaba igualmente a la fuerza. Lo hacía como vicepresidente tercero
de guardarropía de quien le había dado el beso de la muerte sin
perder por ello su sonrisa de cimitarra.
La suerte está echada
Como antes ocurrió con el alcalde de La Coruña, Francisco Vázquez,
o los presidentes extremeño y castellano-manchego, Juan Carlos
Rodríguez Ibarra y José Bono, respectivamente, Zapatero le había hecho
a Chaves ese 11 de marzo —a los dos días del aniversario de su victoria
electoral— una oferta que no podía rechazar. No fue, desde luego,
plato de gusto para Chaves. Casi como si le hubieran servido ese bacalao
que, en cualquiera de sus variantes, le produce un rechazo repulsivo,
como comprobó en sus dos años de estancia en Bilbao (donde fue profesor
de Derecho del Trabajo en la Universidad Autónoma, antecedente
de la actual Universidad del País Vasco). Aquel 11 de marzo se presentó
Chaves en la Moncloa pensando que iba a uno de sus encuentros
habituales con el presidente del Gobierno y secretario general del
PSOE para hablar de la situación política y del partido, pero se encontró
con la sorpresa de que le proponía incorporarse a su gabinete dentro
de la remodelación que tenía previsto anunciar semanas después.
Chaves quedó en pensárselo y se marchó de vuelta a Sevilla, donde
al día siguiente coincidiría con su amigo, el ex presidente del Gobierno, Felipe González, que inauguraba unas jornadas de la Confederación
de Empresarios de Andalucía (CEA) bajo el título «Respuestas
ante la crisis». En ellas, le pediría significativamente a un presidente
andaluz con cara circunspecta: «¡Manolo, saca las grúas!», como mejor
receta frente a una recesión económica que encaminaba a Andalucía
al millón y medio de parados, según admitía el propio Chaves.
La suerte estaba echada —pero su «Alea jacta est» era bien diferente
de la histórica proclama de Julio César al cruzar el río Rubicón—
y la sucesión en Andalucía resultaba ya irreversible para Chaves,
quien ya no volvería al palacio de San Telmo, que en esos momentos
estaba en rehabilitación. El retrato que previsoramente había encargado
al pintor gaditano Hernán Cortés Moreno, como hiciera cuando
dejó la cartera de Trabajo y que figura en la correspondiente galería
de los Nuevos Ministerios, colgará ya con un nuevo inquilino en la
Presidencia de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán.
Entendibles resultaban el martes 7 de abril, desde luego, las lágrimas
del portavoz del presidente andaluz, Enrique Cervera, en la rueda
de prensa que siguió al que sería su último Consejo de Gobierno. Junto
a su hermano José Manuel —un tercer miembro del clan fue imputado
por un caso de facturas falsas en el Ayuntamiento de Sevilla—,
marchaba camino del destierro con el rey destronado al que había servido
desde 1997 y dentro de una comitiva que encabezaba el hasta
entonces vicepresidente primero y consejero de Presidencia de la Junta,
el incombustible Gaspar Zarrías, otro perdedor de la crisis: pasaba de
todopoderoso vicepresidente andaluz a ser un secretario de Estado
más —de valido a escudero—, en una devaluación manifiesta del
inmenso poder que había acaudalado en Andalucía, donde había ejercido
de señor de horca y cuchillo. Durante un agasajo que le dieron
en su pueblo de Torres al juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón,
en abril de 2009, con asistencia de cuatrocientos comensales, la
presidenta de la Asociación de Amigos de los Iberos y ex concejala
socialista del Ayuntamiento de Jaén, Pilar Palazón, tratando de elogiarlo
en grado sumo, no tuvo ocurrencia mejor que compararlo con
Gaspar Zarrías porque «ambos sois los dos reyes de Andalucía».
Sucesión entre abuelos
En Berlín, la ciudad que ríe y llora a la vez —«Yo río con aquel
que llora y lloro con aquel que ríe»—, vio Arenas, pues, consumada
la sustitución a la que Chaves —su vencedor por tres veces— se había
negado como gato panza arriba, mientras se desangraba a chorros en
las encuestas, perdiendo apoyo y acumulando malas notas. Pidiendo
irse por su propio pie, lo único que hacía Chaves era atrancar el portón
de la renovación. Así que a Zapatero no le quedó otra que sacarlo
por la salida de emergencia, incorporándolo a un precipitado
Gobierno sietemesino con el que quería darle la vuelta a las encuestas
previas a unas elecciones europeas que pintaban mal y que se celebraban
dos meses más tarde, en junio de 2009.
Al anticipar la remodelación, corría serios riesgos de que el nuevo
gabinete se achicharrase al poco de dar a luz. Así sería, al perder aquellos
comicios, tras una campaña en la que Zapatero tuvo una participación
frenética, surcando los cielos de España a bordo de un avión
Falcon del Ejército del Aire. La voracidad de una crisis tantas veces
negada por Zapatero (y con tal vehemencia como para levitar diciendo
que España estaba a punto de superar a Francia) le pasó la factura de
su derrota, si bien se quedaría a sólo cuatro puntos del PP. En medio
del diluvio universal de esa depresión económica, el adanista Zapatero
había pretendido ponerse a cubierto con un Gobierno de concentración
socialista que sufrió su primera desestabilización por mal
amarre de la carga. Todo ello a cuenta de las filtraciones del nuevo
Gobierno que le arrugaron su foto largamente perseguida —primera
que mantenía con un presidente norteamericano desde que accediera
al poder— con «Hosanna» Obama en Praga, aprovechando la cumbre
UE-EEUU del 5 de abril. El nuevo gabinete configuraba una singular
arca de Noé en la que Zapatero embarcó especies de la variopinta
fauna socialista, sin importarle remontarse a cuando los dinosaurios
felipistas dominaban el partido.
Era el caso singular de Chaves, obligado a ceder el poder acumulado
en diecinueve años a José Antonio Griñán. Dos años antes,
Zapatero le había pedido sin éxito a éste que fuera aspirante a la alcaldía
de Sevilla, en sustitución de Alfredo Sánchez Monteseirín, al que
las encuestas daban escasas posibilidades de ser reelegido. Tras consultárselo
a Chaves —ajeno a la propuesta—,Griñán declinó la oferta
y le manifestó que él ya iba de retirada, argumento que también utilizó
para autodescartarse en las periódicas quinielas sobre quién relevaría
al presidente andaluz. «¡Cómo voy a ser el sucesor, si tengo
prácticamente su edad y los dos ya somos abuelos!», soltaría más de
una vez tratando de espantar moscas y moscones.
Resuelto el dilema sucesorio andaluz, el 23 de abril, Día del Libro,
tras tomar posesión de su cargo en el Parlamento de Andalucía, Griñán
se iría a cenar con Chaves, con quien colaborara desde 1987
cuando le hizo secretario general técnico del Ministerio de Trabajo.
Les acompañaron sus respectivas mujeres y algunos amigos, entre ellos
la ex diputada y miembro del Consejo de Estado, Amparo Rubiales,
y su marido, el arquitecto Víctor Pérez Escolano, antiguos miembros
del PCE. La cita tuvo lugar en un restaurante del barrio sevillano de
Los Remedios que responde al explícito nombre de Órdago, en la
calle Virgen del Refugio y que comanda Pedro Peyo Aramburu.
Tras meses de soterrada contienda, su capitulación ante Zapatero
se efectuaba sobre la base de que su renuncia como monarca parlamentario
le permitiera —como así fue— nombrar continuador, al
igual que hicieron Ibarra y Bono, y que no fue otro que su álter ego
Griñán, sosias de confidencias políticas y familiares, amigo leal y compañero
de viaje que contaba con la afección de la esposa del ex presidente,
Antonia Iborra, clave en las determinaciones de un hombre
tan apocado como capaz de revolverse en cuanto alguien le toca el
talón de Aquiles de su alta estima.
Esos rebotes son los que hacen peligrosa a gente corriente como
Chaves, el «bueno de Manolo», como le llamara conmiserativamente
González tratando de sacarle de la depresión que padeció en uno de
los momentos más delicados de su presidencia andaluza (el bienio
1994-1996, cuando gobernó en minoría frente a la pinza del PP e
Izquierda Unida). Chaves sintió como una humillación familiar que
le obligaran a desalojar en agosto de 1994 —aprovechando un puente
festivo en Sevilla— la residencia privada oficial que se había habilitado
en el palacete conocido como Casa Sundheim y situado en la
muy principal avenida de la Palmera. Allí había tenido su primer despacho
oficial Manuel Olivencia como comisario de la Expo 92 de
Sevilla y se registró la explosión de un paquete bomba de ETA que
amputó una mano en abril de 1990 a la funcionaria María del Carmen
Felipe (atentado por el que el terrorista Arregui Erostarbe, Fiti,
sería condenado a veintiséis años de prisión).
Como consecuencia de su apreciable desgaste con la crisis económica,
un aparentemente débil Zapatero debió conformarse con la
victoria pírrica de sacar el clavo de Chaves, pero no poner el remache
que él pretendía —María del Mar Moreno, miembro de la ejecutiva
federal y ex presidenta del Parlamento—, tras ocho años de
ímprobos intentos por renovar el cimarrón socialismo meridional,
principal despensa de voto, junto a Cataluña. En función del armisticio
alcanzado, a un presidente con sesenta y cuatro años le sucedió
otro con sesenta y tres, algo arquetípico de regímenes cerrados, ya
sea la Cuba castrista o la Unión Soviética, dominados por privilegiadas
y anquilosadas gerontocracias.A «Breznev» Chaves le reemplazaba
«Andropov» Griñán.
Con esa componenda, difícilmente el PSOE podía situar al jefe de
la oposición, Javier Arenas, como alguien del pasado ,teniendo en cuenta
la edad sesentona de Griñán, quien entró de viceconsejero en la Junta
en 1982 y ni siquiera podía alardear de haber ganado las elecciones.
Ello echaba por tierra la estrategia inicial de Zapatero con la neófita
María del Mar Moreno y que Chaves hizo descarrilar. Era el fruto de
una sucesión andaluza que parecía haberse alcanzado en la consulta del
dentista —«Verdad que no nos vamos a hacer daño», le dice el paciente
al doctor que trata de extraerle una muela, al tiempo que le agarra
por sus partes pudendas— y en vilo durante meses como para que «si
(el sucesor) salía con barba, fuera San Antón (Griñán), y si no, la Purísima
Concepción (María del Mar Moreno)». En definitiva, una sucesión
a medias, casi a la argentina, en la mesa camilla de Chaves.
El milagro del dinero de Chavez / Fco. Rossel. EL MUNDO
15/11/2009
Después de 23 años cobrando haberes de ministro o asimilables y 32 añadas percibiendo emolumentos como diputado entre 1977 y 2009, el patrimonio acumulado por Manuel Chaves, a sus 64 años, es de 68.964,29 euros (una cifra en la que, aun contemplando al personaje en la más absoluta ruina, no cabe siquiera el más modesto valor catastral del más humilde albergue), según revela la declaración de bienes publicada a mediados del pasado mes de octubre en el Boletín Oficial del Estado (BOE). Que baje Hacienda y lo vea, porque no hay Dios que se lo crea, salvo aquellos obligados a comulgar con ruedas de molino y hacerse tontos de conveniencia para luego pasar por listos. ¿Qué puede pensar el contribuyente abrumado de impuestos e hipotecas? ¿Y qué dirá el padre de familia que, tras toda una larga vida de trabajo, se vea superado en austeridad por quien ha disfrutado durante decenios de ese sueldo privilegiado? Ya decía Quevedo que «nada creeré menos que lo que viere».
Ante tamaño ejercicio de hipocresía, una plausible medida de transparencia política se había transformado ipso facto en una notoria mascarada de la que participó, salvada sea la parte, todo el Gobierno. No obstante, ninguno de los miembros del Gabinete de Zapatero alcanzó el nivel de impostura de Chaves, tratando de presentarse como el más austero entre los austeros hasta el punto estrafalario de que, a medida que aumentan sus emolumentos y las prebendas derivadas de sus funciones, aminora su patrimonio encogiendo como un globo que se desinflara al abombarlo.
Con tal de negar la realidad, el vicepresidente último, casado con Antonia Iborra -licenciada en Químicas pero que nunca ha ejercido- y con dos hijos -Iván (tras trabajar en la empresa sevillana Persán, es accionista de varias sociedades dedicadas a la intermediación y al comercio exterior), cuya mujer, Rocío Cabet, está empleada a su vez en la empresa pública andaluza dedicada al comercio exterior Extenda, y Paula (contratada primero por una filial de Abengoa y luego por la minera MATSA, viéndose envueltas ambas sociedades en sendos escándalos políticos)- parecía dispuesto a desafiar las leyes de la ciencia aritmética. El resultado de multiplicar sus haberes como gobernante (primero como responsable de la cartera de Trabajo, cuatro años, luego como presidente de la Junta, 19, y ahora como vicepresidente del Gobierno de la Nación: media anualidad) y diputado -bien nacional, bien autonómico-por el número de años que lleva siéndolo dispararía exponencialmente esos ingresos por encima de lo declarado. Pero, fuere cual sea el resultado final de la operación matemática, son euros de buena ley que no habría por qué ocultar porque disponer de dinero honradamente ganado no debiera ser causa de oprobio, sino de orgullo. De ahí que sus reiterados intentos -tanto en su etapa de presidente de la Junta como ahora de vicepresidente del Gobierno- de enmascararlos sólo hizo que levantar sospechas y suspicacias sobre cuáles son los tejemanejes que se traía.
La excusa de que se lo había gastado en la educación de sus hijos, sin adentrarse en el acto de fariseísmo y de impudicia que supone poner a sus vástagos a cubierto de los males de la enseñanza que él había desatado como presidente de la Junta, no se sostenía por parte alguna. Hay quienes argumentaban que lo menguado del patrimonio que declaraba sería expresión del gobernante manirroto incapaz de haber sacado a Andalucía de los lugares de cola del desarrollo, dilapidando mucho del dinero proveniente de la Unión Europea y del resto de España, pero eso tampoco era cierto como lo sabe cualquiera que conozca la personalidad ahorrativa de Chaves y lo bien mirado que es para todo lo que tiene que ver con el peculio personal -otra cosa es lo público-, además de su pertinaz obsesión por garantizarse un patrimonio para cuando abandone la política. Valía de muestra el pensionazo o chavazo que se hizo aprobar a cargo de la Junta que le permitirá disponer de dos años de indemnización, sueldo vitalicio de miembro del Consejo Consultivo, complemento de pensión del 60% del sueldo de presidente y dotación para una oficina permanente con cuatro ayudantes. Toda una pensión de oro para «el pobre de Manolo».
En su particular circunstancia, más le habría valido un poco de disimulo -al modo de su secretario de Estado, Gaspar Zarrías, que cuadruplica lo declarado por su jefe, llevando menos tiempo en la política y habiendo percibido remuneraciones más bajas-, en vez de haber exagerado tanto como para sólo superar el patrimonio de su ahijada, la ministra Aído, nacida el año en que Chaves debutó como diputado por Cádiz. Con su impúdica exhibición de modestia, no mostraba más que su orgullo, viniéndole como anillo al dedo aquella sabia recomendación de la ex primer ministra israelí Golda Meir: «No seas tan humilde, no eres tan grande». Pero, a lo que se ve, pretende quedarse con la gente. Así fue durante los 19 años en que presidió la Junta.
La pregunta decisiva
El vicepresidente querría luego que la ciudadanía no le pusiera en evidencia, al igual que el malagueño Javier Ruiz, el escéptico jefe de cocina del restaurante del Campo de Gibraltar, que le abordó en noviembre de 2007 en el programa Tengo una pregunta para usted de TVE preguntándole por su fortuna y la de sus beneficiados hermanos -aún se desconocía el escándalo de la subvención de 10,1 millones a la empresa apoderada por su hija Paula- o la señora que, una vez acabada la retransmisión, sin opción a interpelarlo ante las cámaras, le recomendó que mirará bien debajo del colchón a ver si encontraba el dinero que ella echaba en falta en lo dicho por el entonces presidente andaluz.
Nadie podía creerse que sólo hubiera ahorrado esos 3.400 euros tras 17 años como presidente y cuatro como ministro, y sus declaraciones de patrimonio entregadas al Parlamento andaluz se repitieran casi milimétricamente de un año para otro, como sucedía precisamente -¡oh casualidad!- con la de su hermano Leonardo, entonces director general de Infraestructuras Deportivas y gran benefactor de la empresa Climo Cubierta que apoderaba un tercer hermano, Antonio José.
«¿Cómo puede ser? No me lo creo», le refutaba en aquella aparición televisiva el cocinero a un Chaves que blandía su palabra como si ésta tuviera valor alguno después de haberla devaluado él mismo con sus embustes para salir de cada atolladero en que se ha encontrado. Como suele ser frecuente en la política de un país que manifiesta alta tolerancia con la mentira, hasta el punto de asimilarla a la inteligencia, Chaves acostumbra a darle un valor meramente instrumental que, por ejemplo, ya usó a finales de 1995 ante la correspondiente comisión del Parlamento andaluz cuando aseguró de modo mendaz que había devuelto el crédito que le había sido condonado por la Caja de Jerez.
¿Por qué se adornan como pavos reales de medidas para garantizar la diafanidad democrática y luego las convierten en papel mojado, como la ley de incompatibilidades de la Junta que quebrantó el propio Chaves para favorecer a su hija en el caso de los incentivos donados a Minas de Aguas Teñidas (MATSA) y cuyo cumplimiento se confía precisamente al Consejo de Gobierno que, a la sazón, preside el infractor? En definitiva, una ley que se revelaría inaplicable en el primer caso que le tocaba directamente a él, de la misma manera la declaración de bienes del Gobierno sólo ha servido para caer en aquel pesimismo que llevó a Shopenhauer a establecer que la modestia es una virtud que se había inventado principalmente para que la usaran los pícaros.
En efecto, en noviembre de 2007, Chaves se retrataba en el programa de TVE. Si un político acostumbra a ir metido en una funda para aislarse asépticamente del prójimo y tutea de pronto a un desconocido ante las cámaras de televisión, como hizo aquella noche, el perplejo interlocutor debe ponerse en guardia y arquear el lomo como el gato que recibe una caricia de mano desconocida. Por eso, cuando el presidente andaluz saludó la pregunta del jefe de cocina con un cómplice «Buenas noches, Javi», tratando así de vencer el escepticismo de quien no se creía que Chaves -bueno, ni él, ni nadie- sólo hubiera ahorrado 3.400 euros tras 17 años como presidente y cuatro como ministro, todo invitaba a pensar que el jerarca andaluz trataba de jugar al despiste con quien le repetía «cómo puede ser, que no me lo creo».
Al tiempo, el escéptico jefe de cocina le dejaba caer si no estaría acaso trampeando con la familiaridad cóm plice de los negocios que sus hermanos hacían a la sombra pródiga del árbol de la Junta. Sólo el recordatorio del caso Climo Cubierta, empresa beneficiada con las adjudicaciones de Leonardo Chaves, director general de Deportes, y en cuyo accionariado figuraba su hermano Antonio José, teniendo colocados en la misma a dos de sus sobrinos, ya puso al presidente andaluz al borde del síncope por tamaña desconsideración. Sin embargo, estaba obligado a disimular el mal trago no fuera a caérsele la máscara delante de los telespectadores. ¡Únicamente a él se le ocurría tratar de dar gato por liebre a un cocinero!
Por un momento, debió padecer un apagón mental y creerse que estaba en el Parlamento, donde la mayoría socialista le aplaudía las cosas más inverosímiles y lo hacía con tal fervor que le ayudaba a tener por verdades ciertas sus propias mentiras, mientras su rostro se arrobaba de importancia. Pero aquella noche televisiva un ciudadano avispado le demostró, al menos, estar vacunado contra la idiotez, como declaró aquel premio Nóbel polaco, Czeslaw Milosz, al que preguntaron un día sobre qué pensaba que podían haber aprendido sus compatriotas tras los muchos años vividos bajo la dictadura comunista y arguyó sin pensárselo dos veces: «La resistencia a las estupideces».
Frente a los focos de las cámaras y a la tozudez de un cocinero acostumbrado a desentrañar y a deshuesar presas, Chaves tuvo que emplearse a fondo para tratar de ganarse su confianza, mientras esparcía nuevas promesas con las que borrar la huella de aquéllas que le recordaban otros participantes que había incumplido flagrantemente. Vano intento. Al fin y al cabo, la credulidad tiene un límite que el presidente de la Junta sobrepasó ampliamente tratando de producir el engatusamiento de sus eventuales espectadores, aunque luego sus electores no le endosarían factura alguna.
Habiendo tanta falsedad en su manera de responder sobre lo inconcebiblemente magro de sus ahorros, se vio obligado a lanzar el órdago, con la desesperación de náufrago, al anunciar con solemnidad de tenor que dimitiría en 24 horas, si alguien demostraba lo contrario. Demostrado quedó a los pocos días y ahí siguió impertérrito. En condiciones de normalidad democrática, el anuncio de dimisión hubiera supuesto un seísmo, pero en una Andalucía donde prácticamente nadie dimite salvo purga interna -como acaeció con los ex presidentes Escuredo, al que le sacaron el chalé de su supuesto enriquecimiento ilegítimo, y de Borbolla, al que defenestraron los guerristas- acogió la declaración con el desinterés acostumbrado. No en vano otro de los participantes le había interpelado preguntándole si «su cargo era vitalicio» y si pensaba «abdicar algún día». El autor de las mismas se llamaba Felipe González, pero no se trataba precisamente de su padrino político, sino de un estudiante sevillano de 23 años que confesó que, siendo pequeño, pensaba que Chaves -su llegada a la Presidencia le cogió con cuatro años- era el «rey» de Andalucía porque «estaba siempre» en el poder.
La mentira política
Hecho a la mentira política tras lustros de Presidencia y dispuesto a sonreír ante las cámaras de televisión para mantener la privilegiada posición de la que gozaba, Chaves hizo el gesto de meter la mano en la jaula del tigre, emplazando públicamente a los mismos periodistas a los que quería meter entre rejas a que investigaran todo lo que quisieran sobre sus bienes y su sueldo. Nada más salir del plató, donde alardeó de no haber recibido herencia alguna, ordenó una actualización inmediata de sus ahorros que, de la noche a la mañana, se multiplicaron por siete. Un cuponazo del 10, desde luego, e idéntica suerte que aquel consejero de la época del «pelotazo solchaguista» -como José Aureliano Recio, viejo compañero suyo en el año en que vivió en Bilbao y titular de la cartera de Fomento con Borbolla de presidente de la Junta- al que cada vez que compraba lotería en el aeropuerto sevillano de San Pablo a Antonio, el betunero, le tocaba un premio millonario para sarcasmo general y provecho del afortunado. A Recio, consejero del BBVA de la mano del ministro Solchaga y socio de éste en su particular negociado de la intermediación política, como fue el caso MATSA, cada hijo que le nacía llegaba con el cordón umbilical sellado a un décimo de lotería premiado.
En efecto, tan sólo seis días después -la aparición en el programa fue el 20 de noviembre y la modificación se registraría el 26- rectificaba la declaración de bienes e intereses a la Cámara autonómica y mostraba disponer de un saldo total en sus cuentas bancarias de 23.547,36 euros, frente a los 3.400 euros que decía tener. Justificó su magra fortuna en que había tenido que ayudar a sus hijos -Iván y Paula- en su formación académica y en la compra de sus viviendas y coches. El incremento, según la anotación que se incluía, obedecía a los 13.933,88 euros procedentes de «una herencia» -la novena parte de una casa propiedad de su madre-, si bien, en el programa de TVE, había dicho que los ingresos que entran en su casa procedían exclusivamente de la remuneración asociada a su cargo -5.000 euros netos de sueldo en 12 pagas-. «No he tenido ninguna herencia», dijo.